La derrota en la final de la Copa de Europa ante el equipo rumano supuso uno de los episodios más oscuros de la historia del combinado culé

No corren tiempos felices en el Fútbol Club Barcelona. Lejos quedan aquellos días en los que, de la mano de Josep Guardiola o Luis Enrique, sus representantes en el verde catapultaban el nombre de la entidad hasta lo más alto del fútbol. La realidad actual es otra bien distinta. Crisis económica y deportiva, problemas institucionales y falta de gobernabilidad tras la ruptura entre jugadores y la extinta directiva comandada por Bartomeu. Debido a ello, muchos son los jóvenes barcelonistas que se atreven a tildar la actual como la peor etapa de la historia del equipo. Sin embargo, quienes vieron al club blaugrana en blanco y negro discrepan ferozmente ante estas insinuaciones. En efecto, hubo FC Barcelonas peores, y hubo derrotas que dolieron incluso más que el 2-8 del Bayern, o el 4-0 de Anfield.

Steaua Bucarest-FC Barcelona, la gran mancha del equipo blaugrana

Hablar de la final de la Copa de Europa de la temporada 1985/1986 es hacerlo de uno de los episodios más negros del equipo de la ciudad condal. El equipo azulgrana se plantó en la final luego de derrotar agónicamente al FC Porto en octavos, Juventus (vigente campeona) en cuartos y al Göteborg sueco en semifinales.

La hinchada aterrizaba pletórica en Sevilla, sede del partido final, dando por anticipada la victoria ante un, teóricamente, inferior Steaua de Bucarest. Además, luego de ser testigos de, hasta entonces, la noche más mágica vivida en el Camp Nou, cualquier cosa que no fuese salir campeones parecía improbable. No en vano, el conjunto culé llegaba tras remontar el 3-0 sufrido en la ida en Suecia gracias al Hat-Trick de Pichi Alonso, que prolongó la eliminatoria hasta unos penaltis en los que la suerte cayó del lado de los barcelonistas. Ya eran muchos los que creyeron saborear la primera orejona de su historia, y muy pocos los que se olieron venir la realidad.

Pichi Alonso, celebrando uno de sus goles al Göteborg en la vuelta se semifinales. Fuente: as.com

Tal y como comentábamos, el entonces equipo entrenado por el inglés Terry Venables, saltó a un Ramón Sánchez Pizjuán abarrotado por 70.000 espectadores dispuestos a dejar atrás la derrota de su equipo en la final de 1961 ante el Benfica. Solo que ahora, partían con el cartel de favoritos. No era para menos, con jugadores como Urruti en portería, Migueli y Alexanko en defensa, Bernd Schuster en la medular o Lobo Carrasco en ataque. Ante ellos, un equipo rumano que llegaba a la capital hispalense habiendo dejado atrás al Budapest Honvéd húngaro, el Kuuysi finlandés y el Anderlecht belga. De este modo, se convertía en el primer equipo rumano en llegar a una final de este torneo, con una plantilla, para muchos, desconocida.

Una vez se inició el partido, ambos equipos dejaron claro cuál sería su postura en el encuentro. Por un lado, el Steaua decidió esperar atrás a su rival, mostrando un planteamiento muy sólido y organizado, difícil de quebrar. Por si fuera poco, el equipo culé dio muestra de cansancio y de pocas ideas. La carga de partidos y la derrota en la final copera ante el Real Zaragoza hicieron mella en la primera mitad.

Con el partido empatado a nada al descanso, luego de la reanudación, el encuentro se introdujo en una dinámica muy poco da al espectáculo. Este contexto terminó por sacar del partido a un Barcelona que tan solo rozó el gol mediante alguna que otra jugada aislada, finalizada por Marcos Alonso, Archibald o Bernd Schuster. Por lo tanto, el encuentro se alargó hasta la prórroga luego de que ninguno de los dos consiguiese desequilibrar la balanza inicial.

Los jugadores del Steaua, con la Copa de Europa. Fuente: elmagodelbalon.es

Además, la decisión de cambiar a Schuster en el minuto 85 fue el mal presagio de lo que se estaba por venir. El técnico británico decidió sustituir a la estrella del equipo e ídolo indiscutible de la afición, siendo esta una de las sustituciones que más controversia han causado nunca en la historia de la Copa de Europa. Por si fuera poco, el cambio no surgió efecto, por lo que la suerte de las dos escuadras se encaminó a los fatídicos once metros.

El encargado de estrenar la tanda decisiva fue el futbolista rumano Mihail Majerau, cuyo disparo fue adivinado por Urruti. La fortuna sonreía al FC Barcelona, de momento. Y es que, tras el acierto de su cancerbero, el chut de Alexanko se topó con el guardameta rival, Duckada. En la segunda ocasión, tanto Laszlo Bölöni como Pedraza volvieron a tropezarse con la lucidez de sus arqueros rivales. Sin embargo, en la tercera ronda, Marius Lacatus consiguió al fin llevar un balón a la red. No pudo hacer lo mismo Pichi Alonso. Después de que Balint anotase en el cuarto penalti del Steaua, dejó a Marcos Alonso la encrucijada de marcar sí o sí. De lo contrario, el Barcelona diría adiós a sus aspiraciones por el campeonato. Para infortunio de los culés, Marcos falló el match-ball.

De este modo, el Steaua de Bucarest se consagraba campeón de la Copa de Europa de 1986. Se convertía, además, en el único equipo de Europa del Este por aquel entonces en levantar el tan prestigiado título. Además, quedaba para el recuerdo el nombre de Helmuth Duckadam, héroe indiscutible de la final luego de detenerle los cuatro penaltis al conjunto catalán. También quedó para el recuerdo, pero de otra manera muy distinta, el rostro de cada aficionado y cada futbolista con el escudo barcelonista en el pecho, lamentándose por haber dejado escapar una oportunidad así para alcanzar su primera orejona. Una herida imborrable y más grande aún después del episodio vivido con Schuster. El talentoso centrocampista alemán, enfadado con la sustitución, terminó abandonando el escenario de la final en taxi, sin conocer siquiera el desenlace.

Helmuth Duckadam, la estrella y héroe del Steaua aquel día. Fuente: panenka.org

Lo que pudo ser y no fue

Un episodio negro e inolvidable en la historia del FC Barcelona, que fue la primera semilla que terminó llevando a la guerra dos años después a sus jugadores contra su presidente Núñez. Después llegó Cruyff al banquillo, y con él la Copa de Europa de 1992. Catorce años más tarde, la final de París y el gol de Belleti. En 2009 y 2011 las dos Champions de Guardiola, y en 2015 la última, la de la MSN con Luis Enrique en el banquillo. Cinco grandes noches que elevaron al cielo al club blaugrana, pero que jamás podrán hacer olvidar del recuerdo culé lo vivido aquel 7 de mayo de 1986 en el Ramón Sánchez Pizjuán.

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