La Real Sociedad cayó anoche eliminada a penaltis por el Barcelona tras plantar cara a uno de los mejores equipos de Europa

Impotencia. El dolor en una de sus máximas expresiones. Los jugadores de la Real y su afición saborearon ayer una de las derrotas más terribles que se puedan vivir en el fútbol: a penaltis. Dolor acentuado por el dominio que tuvo el conjunto txuriurdin durante los 120 minutos de partido. Ser mejores no es suficiente ante el Fútbol Club Barcelona que sufrió y mucho para llegar a la final de la Supercopa. Pero nos quedamos, como siempre, en un casi. Casi.

La Real comenzó el encuentro con una intensidad del 200%. Ter Stegen no podía ni respirar, asfixiado por la presencia de la delantera realista casi en el área pequeña. La conquista del balón iba a ser la primera batalla del partido y la Real se la levó primero, así como el peligro y las ocasiones. Pero en el fútbol lo que importa es meter y al filo del descanso el único que lo había hecho era De Jong. Aún así, la Real salió a por todas en la segunda parte, y se llevó el premio del empate a través del penalti que convirtió Oyarzabal. El partido estaba roto, precioso, e impredecible.

El paso de los minutos hubiese hecho pequeño a cualquiera. Durar 120 minutos con intensidad ante uno de los gigantes del fútbol es muy difícil. Pero ahí estaba, Portu, corriendo 70 metros hacia atrás para defender una contra. O Monreal, negándose a perder ni al papel o tijera, disputando a muerte cada balón.

Y Oyarzabal, siempre Oyarzabal, presente en cualquier parte del campo imaginable. El derroche físico fue legendario. Si Mikel hubiera enganchado bien esa volea, otras lágrimas caerían. O si Ter Stegen no hubiera rozado esa falta de Januzaj en el 119. O si Bautista hubiese creído en sí mismo en el primer penalti. Pero al final, tanto derroche, tanta ilusión, se quedó de nuevo en un casi. Y a casa.

Orgullo

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Fuente: Real Sociedad Twitter

Al acabar el encuentro, el sabor amargo de la derrota inundó a todo realista. Pero también afloró un sentimiento extraño que impidió a muchos jurar en hebreo y maldecir al unísono. Ayer la Real no ganó, pero tampoco perdió. Para nada. A lo que hizo ayer la Real no se le puede más que aplaudir y aplaudir. Murió por y para ganar, y si hay que perder así, que se pierda lo que se tenga que perder porque es a lo que venimos a jugar. Y no pierde el que juega y no gana. Pierde el que no lucha, el que no cree, el que no sueña. Y este equipo lucha, cree y sueña como los grandes. Orgullo es poco para lo que se puede sentir por este equipo.

Queda por jugar unos dieciseisavos de final frente al Manchester United. Una Copa del Rey abierta a que cualquier equipo con las botas bien puestas y una pizca de fortuna pueda llevársela. Una final del año pasado pendiente de ser conquistada frente al Athletic Club y que bien vale media vida. Y aún restan 19 jornadas de liga para luchar por acabar entre los cuatro primeros y volver al fútbol con público con la banda sonora de las estrellas retumbando en Anoeta. Que nadie dude que este es el camino. El que debemos seguir y el que nos va a llevar a lo que merecemos. Ayer fue doloroso. Ayer lloramos. Pero eran lágrimas de gigante. Porque la Real es un gigante. Y los gigantes ganan.

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